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CARTA MUSICAL 

EL PLASMA MARINO

Los trabajos de René Quinton entran poco a poco en un período de olvido. Pero de forma renovada, esta gran obra, relatada ahora por André Mahé de forma amena y rigurosa, nos presenta cómo Quinton, gracias a sus leyes de la Constancia apoyadas por experimentos irrefutables, demostró no sólo el origen marino de la vida sino también la permanencia en nosotros del medio marino. El mar es literalmente nuestra sangre.

El Plasma de Quinton, el agua de mar preparada según un método que garantiza la conservación de sus propiedades vitales, es una cosa muy distinta a un medicamento, es un elemento natural exactamente adaptado a las necesidades de la célula viva. La introducción del agua de mar en un organismo cuyo medio vital es deficiente por una razón cualquiera, equivale al aporte de elementos nuevos que son la base de la vida misma. Los trabajos de René Quinton nos explican científicamente la inigualable potencia de los medios marinos.

EL POTENCIAL TERAPÉUTICO DEL MAR

Vienen blancos y con color enfermizo. Aman la playa y el mar. La salud es el primer y mayor atractivo que los trajo a estas orillas, aunque muchos, quizá la mayoría, no sean conscientes de ello y por tanto no puedan explicarlo. Eso forma parte de la memoria colectiva, ya casi genética, que nos mueve hacia donde nos llevaron nuestros antepasados, sin que sepamos explicarnos cada uno por qué nos comportamos de tal o cual manera.

Fue la profunda convicción de que el mar proporcionaba grandes bocanadas de salud para todo el año, lo que indujo a nuestros mayores a hacer cuantos esfuerzos fueran precisos para llevar a sus hijos a pasar el verano a las playas, que de áridos y abandonados desiertos que eran, se convirtieron en las grandes y bulliciosas megalópolis del verano. Miles de kilómetros de playas en todo el mundo se ven inundadas todos los veranos de cuerpos humanos tendidos en la arena o sumergidos en el agua en busca de reservas de salud para el resto del año. A la salud física se le ha añadido la salud psíquica, que cada vez necesita más cuidados. Fue un cambio profundo. Prueba evidente de ese fenómeno fue el vuelco estético respecto al color humano. El color moreno que se adquiría a fuerza de estar en la playa, que había sido señal de villanía (como que todo hijo de vecino se ganaba la vida trabajando la tierra de sol a sol, mientras los señores rehuían el sol en sus palacios); el color moreno, digo, pasó a recibir un nombre nobilísimo, el de "bronceado", y a convertirse en el color de moda.

Fue un gran paso, sin retorno. Descubiertas las bondades derivadas de pasar las horas en la playa junto al mar y de sumergirse en él de vez en cuando, ya no es posible que renunciemos a tanto bien que ahí estaba perdiéndose sin que a nadie se le ocurriera aprovecharlo. Como ocurre con todos los ítems de salud, ya ni siquiera nos damos cuenta de que lo son: la ducha, el jabón, el dentífrico, los profilácticos… hemos olvidado que entraron en nuestra vida por la puerta de la salud, y luego se han quedado instalados en ella como si ahí hubieran estado siempre.

Pero el redescubrimiento del mar para la salud no ha hecho más que empezar. Nos queda por delante un largo recorrido, que hicieron ya en su día nuestros antepasados, relegado al olvido a causa de las convulsiones producidas por el choque y el desmoronamiento de culturas. El mar todavía nos guarda grandes sorpresas: la primera y más inmediata, que se está abriendo camino con mucha fuerza, es la intervención de la mano del hombre para poder gozar de él los doce meses del año; en las densidades, formas y temperaturas más adecuadas a los objetivos de relajación, de estimulación y terapéuticos que se persiguen. Son los modernos balnearios marinos, construidos hasta ahora en las clásicas zonas turísticas, pero que empiezan a instalarse ya en las grandes ciudades costeras. Son los llamados balnearios urbanos, que ofrecen a los ciudadanos un nuevo servicio de culto al cuerpo, más sosegado que el que estaban ofreciendo hasta ahora los gimnasios y la práctica de los deportes; y que se complementan de todos modos con éstos y con la talasoterapia.

El camino está emprendido: nos volvemos a la mar. Es tan absurdo que tanta gente padezca graves carencias de agua en un planeta que presenta su color azul precisamente por estar hecho de agua… Ha sido un profundo prejuicio cultural el responsable de que a lo largo de la historia tantos miles de náufragos hayan muerto deshidratados en medio del mar, y de que tantos pueblos acusen hoy gravísimas carencias de agua, viviendo como viven rodeados de una fuente tan inagotable como el mar. 

Todas las noticias apuntan a que el siglo XXI estará marcado por el retorno del hombre a la mar. Por fin a alguien se le ha ocurrido “enseñar” a las plantas a beber agua de mar, y esa es la noticia: grandes empresas agroalimentarias están trabajando con enorme éxito en la aclimatación de especies agrícolas al agua de mar. Están modificando poco a poco el metabolismo de las plantas para que asimilen el agua de mar no sólo sin sufrir trastornos funcionales, sino experimentando unas mejoras que no alcanzaban con el agua dulce y los abonos y plaguicidas al uso. El procedimiento es muy simple: se mezcla agua dulce con agua de mar, empezando con proporciones mínimas de esta última, de manera que va aumentando lentamente la salinidad del agua hasta llegar a la total y natural asimilación por la planta del agua de mar “entera”. 

Es que los grandes descubrimientos son así de sencillos. La ley de la gravedad es tan obvia, que cualquiera hubiera podido dar con ella. Quiso la historia que fuese Newton su descubridor y definidor. Probablemente cuando con cierta perspectiva histórica, ya en pleno siglo XXI, se busque al descubridor de las propiedades del agua de mar, se señale al insigne médico francés René Quinton (a caballo entre los siglos XIX y XX) como punto de partida de esta nueva cultura. 

La trascendencia de este giro copernicano es inmensa: estamos en vías de incorporar el agua de mar a nuestra dieta alimentaria; y no precisamente como algo complementario, sino como pilar fundamental tanto en la producción y elaboración de alimentos, como en el consumo directo. 

Dicho así de repente, suena tan áspero y produce tanto malestar como una bocanada de agua salada cuando te pilla al descuido una ola que explota en tu misma cara. Pero ocurre con el agua de mar como con tantos sabores difíciles (“aprende a amar la tónica” fue durante muchos años el eslogan de Sweppes), que al principio no sólo saben mal, sino que también sientan mal; hasta que se hace el cuerpo (y el ánimo) a los nuevos alimentos. Ahí están, en efecto, los que han entrado en la cultura del agua de mar, que al estar acostumbrados a consumirla habitualmente mezclada en diversas proporciones con el agua dulce y con otras bebidas, cuando se bañan en el mar tragan con placer sorbos y hasta bocanadas de agua. El proceso es idéntico al de las plantas a las que se les está enseñando a amar el agua de mar. En vez de ir la montaña a Mahoma (desalinización), va Mahoma a la montaña (salinizarnos nosotros). 

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